A UN AÑO DEL LANZAMIENTO LA 11 DE LA GENTE

—¿Cuán difícil fue para ti como hincha vivir todos esos años de frustraciones? Me imagino la angustia, la rabia.
—No.
—Claro, es difícil imaginárselo, hay que vivirlo, pero yo también soy hincha, no de la Católica, pero el fútbol siempre tiene de dulce y agraz.
—Pero no fueron años.
—Uf, más que años toda una vida, ¿no? Más de 5 años que deben haber parecido como 20.
—No, fueron 3 o 4 días.
—De duelo, sin salir de la casa, mirando el techo, escuchando Los Bunkers. Me lo imagino, lo veo perfecto, a mí también me ha pasado, como te dije, el fútbol tiene de dulce y agraz: yo después de la final de la Sudamericana 2006 me quedé mirando el techo, pensando en que cómo con uno de los mejores equipos de mi vida no lo pudimos lograr. Si no era ahí, ¿cuándo? Pero en un acto de sanación le pedí prestado el skotch a mi mamá y pegué el póster en la pared de mi pieza. Más allá de la final, eran mis ídolos.
—Pobrecito.
—Pero es que mira qué equipazo, con el Mati Fernández, el 14 de los blancos es un crack, el Chupete, Arturito Vidal jugando de lateral derecho, Alexis Sánchez ya siendo figura, Miguelito Riffo de patrón.
—Pasaste todo el verano llorando.
—Se fue el Chupete, se fue el Mati y esa copa que nunca volverá. Pero las penas del fútbol se pasan con fútbol.
—Salieron campeones dos veces el 2007.
—¡Gracias a Dios! Perdóname compadre pero Jesús es del Colo.
—No como nosotros que salimos campeones de la Copa Chile 2011.
—Claro, pero una copa menor de todas formas, por eso te pregunto.
—¿Lo feliz que fui ese día, con gol a último minuto de Daud Gazale?
—No, no hablo de eso, me refiero a la herida profunda del 2011, ¿cuánto se demoró en sanar?
—Vi debutar al Nico Castillo y cómo después le ganamos a Independiente para clasificar a semis de Sudamericana.
—Pero era otra Sudamericana, no como la del 2006.
—Y el 2013 que ganamos todos los clásicos.
—¿Y de qué les sirvió? Perdóname que te lo diga así, jaja.
—Te reí y querí que te perdone, linda la hueá.
—No pero es que…
—No me tengai compasión, no te creai superior. El 2013 viajé a Sao Paulo, a ver la semi de una copa; no pude ir el 2005 y pensaba que nunca me iba a tocar. Me acuerdo también que en marzo me encontré con Carlos Bueno y me pidió perdón por no ser tan talentoso, que hacía todo lo posible me dijo. Nos reímos, nos sacamos una foto. Gracias por venir a la Cato le dije. Se sonrió con vergüenza. Perdón por jugar en la U, me respondió. No pasa nada, si nadie se acuerda le dije y nos reímos fuerte, nos despedimos de abrazo. Después pal 18 hice un asado con mi hermano y otros amigos pa ver el partido contra Tolima en Colombia. Nos echamos una lámpara cuando gritamos el gol de Costa que nos clasificó. De ahí nos fuimos a otro carrete, nos quedamos en pana y tomamos en la vereda, jugando hoyito patá con una lata.
—…
—Llegó Mario Salas y dimos vuelta un partido con dos autogoles, ¡dos autogoles! ¿Acaso el fútbol se puede jugar sin delanteros? El equipo estaba tan comprometido con hacer dos goles que llegaron sin necesidad de pegarle al arco, porque era inevitable que iba a pasar. No sabía que ganarle a Ñublense me iba a hacer tan feliz.
—Y después vino el 2016.
—Cuando eran como la una, medios curaos, seguimos haciendo ceatoleís. Y de repente cayeron tres huevos que nos tiró algún vecino. “¡Perdón por ser felices!” les gritó uno de los cabros. Cayó otro huevo más y nos cagamos de la risa.

Fotos: Javiera Lundstedt